La imagen de una mujer

La imagen de una mujer

- Libro 139

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—No soy espléndido, Andrey —en su boca se dibujó una sonrisa indefinible—. Realmente —añadió con voz un tanto alterada—, no lo hago todo por esplendidez. Cuando murió tu marido me sentí un tanto responsable de vosotros 2. Era mi hermano y, a pesar de su mala cabeza, siempre y en toda circunstancia lo quise mucho. Yo no puedo dejaros en la indigencia. Eres mi cuñada y tu hijo lleva por nombre Jack Kerr... Acá, en el val de Kerr, vais a estar a cubierto de toda necesidad. Solo te solicito que te hagas cargo de Natalia y la quieras tal y como si fuera tu hija. Andrey Bartok torció el ademán, aunque el ademán fue tan leve que Alan Kerr no se dio cuenta de ello. —Es hija de una persona a quien he apreciado mucho, y a la muerte de esta, su hija es una responsabilidad para mí. Yo te suplico, Andrey, que la consideres corno hija propia. Solo de este modo me voy a ir sosegado.
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